Nota introductòria al cant XIII

Ezio Marzi, 1902


JOSÉ MARÍA MICÓ
Dante Alighieri. Comedia. Pròleg, comentaris i traducció de José María Micó.
Acantilado, 2018.


Dante y Virgilio llegan a la segunda cornisa del purgatorio, menos extensa que la anterior. Virgilio no quiere esperar a que se presente alguien que los ayude y decide proseguir invocando la inspiración y orientación del sol. Después de recorrer en poco tiempo la distancia equivalente a una milla, oyen voces y palabras sueltas de almas que los sobrevuelan: «Vinum non habent» ('No tienen vino'), que es lo que le dijo María a Jesús antes del primer milagro de las bodas de Caná: Juan 2, 3), «Soy Orestes» (la frase pronunciada por Pílades para salvar a su amigo) y «Amad a vuestros enemigos» (palabras de Cristo en el sermón de la montaña). Ante la sorpresa de Dante, Virgilio le explica que son ejemplos de caridad, contrarios al pecado de envidia, que es el que se purga en la segunda cornisa. Más adelante encuentran a los espíritus de los penitentes, que están sentados en tierra a lo largo de la ladera y visten telas del mismo color de la piedra. Invocan en sus oraciones a María y a todos los santos para que rueguen por ellos. Dante se acerca y ve con pena que visten un miserable cilicio, que se apoyan unos en otros como ciegos mendicantes y que tienen los párpados cosidos con alambre; se retira un poco porque no le parece bien ver sin ser visto, pero Virgilio lo anima a hablar con ellos. Tras augurarles un pronto alivio, les pregunta si hay algún italiano; un espíritu matiza la pregunta de Dante porque allí todas las almas son conciudadanas. El alma, que parece estar en actitud de espera, cuenta su historia: en vida fue Sapia, de Siena, que se alegró de la derrota de sus paisanos en la batalla de Colle Val d'Elsa; como se arrepintió en trance de muerte, aún estaría en el antepurgatorio si no hubiese mediado con sus oraciones Pier Pettinaio (otro sienés famoso por su devoción). Sapia le pregunta a Dante por qué respira y por qué no tiene los ojos cosidos, y el poeta le responde que en su día se los coserán, pero por poco tiempo, porque ha pecado menos de envidia que de soberbia; también le explica la presencia y la misión de Virgilio. Sapia le pide que hable bien de ella cuando vuelva a Toscana para que sus familiares la recuerden en sus ruegos, y termina con otra profecía alusiva a la necedad de los sieneses, que intentarán en vano tener un puerto y una flota en Talamone (es un hecho de hacia 1303) y sacar agua del Diana, un río subterráneo.

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