I golosi



SALUD MARÍA JARILLA BRAVO
«I golosi: el contrapasso y los sentidos en el “Purgatorio” dantesco»
Revista de Filología Románica
Anejo V, 2007.


[...] Dante sitúa el pecado de gula en la sexta cornisa, es decir, casi a las puertas del paraíso terrestre, del que le separa la séptima cornisa dedicada a la lujuria.

¿Qué es lo que verdaderamente incrementa este deseo de ingerir alimento, este voraz apetito de las almas que moran en esta región?

En esta cornisa los sentidos adquieren una función importante y forman la parte fundamental del aparato creador del castigo.

Nada más entrar en esta zona del “Purgatorio”, lo primero que observan los peregrinos (Dante, Virgilio y Estacio) es un árbol cuyas ramas están distribuídas de forma invertida, situándose la parte más amplia en la superficie de la copa y las ramas más escasas en la parte baja. Esta posición del todo innatural impide que sus frutos puedan alcanzarse.

un alber che trovammo in mezzo strada,
con pomi a odorar soavi e buoni
e como abete in alto si digrada
di ramo en ramo, cosí quello in giuso
cred’io, perché persona sú non vada
Dal lato onde ’l cammin nostro era chiuso,
cadea da l’altra roccia un liquor chiaro
e si spandeva per le foglie suso.

 (Purg. XXII, 131-1383)

La imagen del árbol, cargado de frutos aromáticos y el agua cristalina que, brotando de las rocas, moja sus ramas, contrasta con la entera visión del “Purgatorio” como lugar desértico y rocoso. Este fenómeno atrae la atención del lector sobre el tema de los sentidos, y en especial, sobre lo relacionado con la vista y el olfato. En efecto las almas están condenadas a ver árboles (al menos son dos los árboles que aparecen nombrados en los cantos referidos a la gula) cargados de frutos (pomi a odorar soavi e buoni, Purg. XXII, 132) y agua (liquior chiaro, Purg. XXII, 137) que no pueden tomar, sufriendo en consecuencia una continua estimulación de los sentidos que incrementa su sufrimiento en la medida que aumenta su apetito.

Estas almas al oler los frutos (manifestación del sentido del olfato), instintivamente miran al árbol cargado de ellos, y también al agua que, inaccesible, corre fresca (sentido de la vista). Al no poder alcanzar dichos alimentos, las almas sufren de tal modo que hasta sus sustancias corpóreas quedan duramente deterioradas. 

Dante utiliza los adjetivos soavi e buoni para generar sensación de apetencia y deseo. Así va incrementándose el castigo a través de los sentidos, y el sufrimiento se acentúa cada vez que las almas pasan delante de los árboles, contemplándolos y oliéndolos. La percepción olfativa y visual se intensifica en presencia del objeto de deseo y el impedimento de su obtención provoca mayor sufrimiento. Nos encontramos, pues ante la prohibición del sentido del tacto, tanto en lo que se refiere al contacto con los frutos como al mismo acto de la ingestión de alimentos. Como ya dijimos, ellos, que
tomaron en vida cuantos alimentos y bebidas desearon, ahora están condenados a no poder asirlos. Pero la prohibición es una imposición divina, y está motivada por una falta de sensibilidad de las almas. Además, como ya mencionamos, la estructura característica de cono invertido del árbol dificulta el acercamiento a los frutos del mismo. 

En cuanto al contrapasso, los árboles, son el instrumento del martirio que sufren los pecadores. Los sentidos (olfato, vista, y gusto, este último indirectamente a través del olfato) como ya hemos visto, incrementan el apetito, son por tanto los agentes directos y activos que conforman el contrapasso; generan sufrimiento, dolor y deterioro físico cada vez que los pecadores se encuentran delante del árbol.

Además, a los sentidos hasta ahora reseñados, hay que añadir otro más: el oído. Los penitentes escuchan una voz anónima que sale de entre las ramas, diciendo a gritos: “Di questo cibo avrete caro” “Careceréis de estos alimentos” (Purg. XXII, 141).

Mediante estas frases y ejemplos de templanza y de gula punida, también gritados por voces que salen de entre las ramas, interviene el sentido del oído. Todo ello con clara influencia en la sanción.

La función del árbol como transmisor del castigo a los golosos, nos la explicará más adelante una de las almas que habla con Dante, Forese Donati, personaje que fue amigo del poeta en vida y al que reconoce solamente por su voz, ya que como nos describe el autor, los cuerpos y los rostros de las almas que se encuentran en la sexta cornisa, están deformados por el castigo sufrido. La voz es el único elemento reconocible de la persona, destrozada físicamente.

Dante, se muestra sorprendido de que el perfume de las frutas y la frescura del agua, sean capaces de incrementar el hambre. También le causa sorpresa que los espíritus puedan sufrir un tormento físico. Le pregunta a Forese: ¿Cómo puede ser que el olor de los frutos y el agua corriendo fresca, incrementan la sensación de hambre? 

Però mi di’, per Dio, che sí vi sfoglia:
non mi far dir mentr’io mi maraviglio,
ché mal può dir chi è pien d’altra voglia.

 (Purg. XXIII, 58-608)

Respondiéndole Forese:

 Ed elli a me: De l’etterno consiglio
cade vertù ne l’acqua e ne la pianta
rimasa dietro ond’io sí m’assittiglio.
Tutta esta gente che piangendo canta
per seguitar la gola oltra misura,
in fame e’n sete qui si rifà santa.
Di bere e di mangiar n’accende cura
l'odor ch’esce del pomo e de lo sprazzo
che si distende su per sua verdura.
E non pur una volta, questo spazzo
girando, si rifresca nostra pena:
io dico pena, e dovría dir sollazzo,
ché qella voglia a li alberi ci mena
che menò Cristo lieto a dire “Elí”,
quando ne liberò con la sua vena.

 (Purg. XXIII 61-7511)


La duda, sobre la actuación del castigo y de como estas almas han llegado a la extrema delgadez y deformación corporal, nos la disipa el mismo Forese, explicándonos cómo de la justa voluntad divina, desciende hasta la planta y al agua que se extiende por sus ramas, una virtud, una potencia divina, por la cual, los penitentes, adelgazan hasta ese extremo Por mediación de esa virtud, nace en los frutos del árbol y en el agua, una fragancia, que activa en ellos el deseo intenso de ingerir alimentos. Su imposibilidad de alcanzarlos, es lo que los consume.

En las almas que padecen semejante hambre, se hace visible el tormento en su deterioro físico. Estos pecadores que mostraron un amor excesivo a los bienes y placeres terrenos -que desvían al hombre de su camino y de la entrada en la patria celeste-, ahora han quedado reducidos a meros esqueletos:

“Ne li occhi era ciascuna oscura e cava,
palida ne la faccia, e tanto scema,
che da l’ossa la pelle s’informava:
non credo che così a buccia strema
Erisittone fosse fatto secco”,

 (Purg. XXIII, 22-2613)

Conocidas son las fuentes clásicas en que se inspira Dante a la hora de idear sus castigos (vid. Enciclopedia Dantesca, vox “contrapasso”). El que nos ocupa aquí sin duda es muy recurrente en la mitología clásica: Metamorfosis de Ovidio, Homero, Luciano de Samósata, etc.

En efecto, está Tántalo condenado en el Hades a sufrir un hambre incontrolable y no puede comer ni beber, teniendo sobre su cabeza ramas de árboles repletas de frutos que cuando intenta asirlos se alejan. Lo mismo ocurre cuando intenta beber. Además está sumergido en agua, con la cabeza fuera, y al intentar tomar el agua, ésta desaparece.

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